textos errantes

blog, gabinete, cajón de costura de Tamara Díaz Bringas con escritos y conversaciones de aquí y de aquí

Cartas desde/hacia un aprendizaje colectivo

Madrid, del 6 de febrero al 27 de octubre de 2019 (o el tiempo que tardamos en escribirnos estas cartas)

Conversación abierta, encuentro con Isabel de Naverán, Madrid, 11 de abril de 2018

 

 

Querida Tamara:
Han vuelto las grullas, las he visto dos veces sobre el cielo, en el parque, formando una flecha, avanzando. Ha pasado el invierno y no me he dado cuenta. Hace poco más de un año que te uniste a esta conversación que ha devenido coral y pienso en los cantos en la noche, en las mujeres haciendo ronda en el pueblo; en cómo construimos desde abrirnos y en esta conversación abierta que bebe de la teoría para convertirse en círculo imperfecto, en lugar de encuentro y de refugio, en espacio de posibilidad que no es tuyo ni mío, sino de todas. Y siento que se me ponen los pelos de punta al recordarnos con nuestro primer bizcocho, que compraste en la tienda de debajo de tu casa, con Telmo, que todavía tenía la paciencia del bebé para aguantar las sesiones de trabajo de su madre y con ese auditorio de la sala Alcalá 31 que se convirtió en nuestro espacio de aprendizaje.

En todo el proceso de definir este proyecto había una voluntad de apertura, de pensar desde el compartir, de saber que generalmente nada de lo que nos pasa es único y que si lo hablamos es más fácil verlo. La escucha se ha convertido en el centro de este grupo, entendida esta como acto consciente de conversar, de abrirse al otro. Y me pregunto, pensando en los ejercicios de Hansen, que son uno de los lugares desde los que partimos y que ejercitamos, ¿cuál crees que es el marco para que se dé una conversación abierta? ¿Sería posible generar unas instrucciones o una partitura?

Querida Soledad:
Ha llegado el verano antes de que alcanzara a escribirte, si bien tu pregunta por las condiciones para una conversación abierta no ha dejado de rondarme. Mencionas a Oskar Hansen y aún te agradezco haber convocado su «forma abierta» —y las ideas de indeterminación, flexibilidad, participación colectiva— como punto de partida para nuestro grupo. Y te agradezco un principio que nos acompaña desde entonces, algo que te escuchamos decir a partir de tu lectura de Hansen: que ninguna de tus acciones pueda cerrar la intervención del otro, que el otro pueda continuar la conversación. Desde esa base y despacio fuimos tejiendo nuestra conversación abierta a lo largo de 2018. Y en el camino se fueron sumando otras referencias para pensar lo que hacemos, mientras lo hacemos. El Caminhando de Lygia Clark, por ejemplo. Fue en la sesión en que nos propusimos interpretar algunos de los «ejercicios» de Hansen cuando sugerí experimentar esa obra clave de la artista brasileña. Para eso llevamos papel, tijeras, pegamento. Al ejercicio de «Composición de un perfil» que proponía el arquitecto y pedagogo polaco a partir de hojas de papel y de una pregunta por el espacio-tiempo, respondí siguiendo otras instrucciones, las de Lygia Clark: «Haz tú mismo el Caminhando con la faja blanca de papel que envuelve el libro, córtala a lo ancho, tuércela y pégala de manera que obtengas una cinta de Möbius. Coge unas tijeras y desde un extremo corta sin parar a lo largo. Ten especial cuidado en no pasar a la parte ya cortada —esto separaría la cinta en dos pedazos—. Cuando hayas dado la vuelta a la cinta de Möbius, decide entre cortar a la derecha o la izquierda del corte ya realizado. La noción de la elección es decisiva y ahí radica el único sentido de esta experiencia. La obra es tu acto». He copiado aquí esas pautas para pensarlas de nuevo mientras las transcribo, y para pensarlas contigo. Aquella tarde las experimentamos en el grupo mientras cada quien cortaba longitudinalmente su cinta de papel. Creo que desde entonces imagino el Caminhando como una suerte de partitura de nuestra práctica colectiva en «Conversación abierta». Una partitura escrita en presente por el propio intérprete, una escritura que no antecede al acto. Bueno, no sé si consigo formularlo, pero aventuro algo así: en la propia experiencia colectiva con el grupo vamos haciendo cortes, tomando decisiones, caminando. El intento es que cada «corte» nos permita continuar la experiencia, producir diferencias. Creo que esto de las diferencias lo pude entender solo después de una lectura apasionante y compleja del Caminhando que nos llegó hace pocos meses de la mano de Suely Rolnik. Con el nuevo grupo constituido en 2019 hemos revisado y discutido largamente su reciente libro Esferas de la insurrección. Apuntes para descolonizar el inconsciente. Allí la psicoanalista, comisaria y crítica cultural brasileña retoma el Caminhando para ejemplificar la tensión entre una micropolítica activa y una reactiva. En la primera, el deseo —guiado por una brújula ética— se mueve en dirección a la conservación de la vida, en su experiencia de viviente. En la segunda, orientado por una brújula moral y reducida a la experiencia como sujeto, el deseo elige los puntos ya conocidos para efectuar sus cortes, intentando mantener la cartografía vigente. La advertencia de Lygia de no pasar a la parte ya cortada de la cinta de Möbius le sirve a Suely para interpelar una política del deseo que insiste en la reproducción de las formas del mundo en su configuración actual. Me gustaría pensar que en los encuentros con el grupo de «Conversación abierta» nuestro deseo se orienta más a esos cortes que producen diferencia y que logra sostenerse en la fragilidad. Aunque sabemos que se trata de una tensión permanente en la que muchas veces nos encontramos cortando por el mismo lugar, reproduciendo formas heredadas. Y tú, si tuvieses que pensar en una partitura para una experiencia de aprendizaje colectivo, ¿qué forma tendría?

Querida Tamara:
El verano ha pasado, el otoño es cálido, la vida está muy presente en este texto. Con tu pregunta me doy cuenta de que al pensar en partituras lo hago más en un concepto que en objeto; un potencial más que una práctica. Pero volviendo al aprendizaje colectivo, hay un trabajo o, mejor dicho, una investigación en curso de la investigadora y coreógrafa Alice Chauchat, Togethering, en el que, desde hace años, va desarrollando una serie de partituras de danza que invitan a la reflexión en torno al compromiso y a lo colectivo a partir de las relaciones que se establecen entre cuestiones como el no saber, ir hacia o aproximarse, y sus matices. Lo veo en relación con ese hacer en la práctica que mencionas. Estos conceptos coreográficos también son muy interesantes como reflexión de lo colectivo, un estar juntos que se construye a partir de los cuerpos que habitamos y sus gestos, sus movimientos determinan cómo nos posicionamos en relación a las demás. También a la hora de pensar en cómo generar ese espacio, esa brecha entre el potencial de hacer todos juntos y el respeto a cada uno, una suerte de idiorritmia que asuma esa fragilidad que mencionas pero que al mismo tiempo sustente la diferencia. De entre esas partituras hay una que me gusta especialmente en la que habla del compañerismo (companionship):

Keep your dance company
Your company keeps you company
Your dance keeps other people company
Keep their dance company

En el aprendizaje colectivo hay para mí algo fundamental que es cómo nos situamos en relación al otro, un posicionamiento que yo entiendo siempre desde el respeto y estas instrucciones, en mi opinión, hablan de eso. Algo que era importante desde el principio en esta conversación es que fuera abierta, rica; un proceso de aprendizaje. Por eso era importante que existieran múltiples voces que, de una manera u otra, comparten una forma de posicionarse, de mirar al mundo. Algo que creo que ha potenciado mucho esa deriva hacia la escucha que ha tomado el grupo. Voces que, además, toman protagonismo en este relato coral del que nuestra conversación forma parte.

Recuerdo la primera apertura de mano de Aimar Arriola y Binna Choi en la que nos presentaron sus proyectos atentos a otras realidades. En el trabajo de Aimar hay un posicionamiento híbrido, un estar entre muchos campos que creí que podría ser muy interesante a la hora de enfrentarnos a esta práctica que es la del comisariado. Además, su manera de trabajar con el archivo, como un espacio de mestizaje, investigación, pero al mismo tiempo de práctica colectiva remite al posible trabajo que planteábamos a partir de los ejercicios de Hansen, o de la partitura que mencionas de Clark. La puesta en común de los trabajos de Aimar y Binna fue una intuición, la sensación de que el trabajo que desarrollaban ambas podría tener sentido en diálogo. De la propuesta de Binna me interesa mucho la búsqueda de una institución no jerárquica, que se desdibuja como tal para abrirse a diversos procesos relacionados con los comunes y la investigación artística, o el arte como herramienta de aprendizaje de nuestro entorno.

Después vino Isabel de Naverán a encorpar la escucha, un estar atenta y saber acompañar desde la investigación las diferentes formalizaciones que la práctica artística (entendida en su sentido más amplio) puede habitar. Y Sonia Fernández Pan, cuya práctica curatorial no sé si es antes o después de un texto, pero que sin duda se basa en el acompañar, escuchar la práctica artística. Un trabajo que sirve también como altavoz a través de esnorquel. Jara Rocha y Nicolas Malevé vinieron a abrirnos ventanas a otro tipo de realidades, corporalidades, imágenes, a partir de archivos, algoritmos informáticos y, en definitiva, a otras formas posibles de ser más allá de lo humano. A estas alturas de curso, ya hablábamos de la escucha, pero al mismo tiempo de cómo mostrarnos nosotras, de cómo hablar y cómo activar esa conversación. ¿Cómo lo viviste tú?

Querida Soledad:
Keep your dance company / Your company keeps you company. Sigo desde esas frases nuestro baile, y pienso en «Conversación abierta» también como una suerte de baile, donde un movimiento sigue al anterior, aunque no de manera directa sino con rodeos, desvíos, insistencias o a veces con gestos inesperados. Sigo ahora tu movimiento para convocar a otras invitadas a nuestro grupo. A la escritora María Salgado, que nos habló de poesía y de las preguntas que atraviesan su práctica: en torno a lo político, al problema de la transmisión (y la belleza de ese problema), a cómo enunciar (o no) un yo o cómo colectivizarlo. Al artista David Bestué, que nos trajo otra relación con lo poético desde la materialidad de una escultura o un acercamiento singular a la arquitectura. A Mapa Teatro, laboratorio de artes en vivo basado en Bogotá, que nos compartió su práctica de investigación y experimentación, de creación de comunidades efímeras y etnoficción, y un modo potente de entender «la obra» más bien como «el obrar».

Aprovechando que se presentaba en el CA2M la exposición Querer parecer noche, en una de nuestras tardes nos desplazamos a Móstoles para ver juntos esa muestra en compañía de sus comisarios Beatriz Alonso y Carlos Fernández-Pello, quienes nos acercaron la ficción, la fragilidad, el marrón como puntos de partida de un proyecto curatorial. Y el último de nuestros laboratorios, con Lucía Egaña y María Ptqk, que partía de la pregunta sobre qué supone una práctica —curatorial, artística, institucional— en código abierto. «Volcar la caja de herramientas sobre el piso», nos proponían ambas, entendiendo el código como modelo de gobernanza de los proyectos, y haciendo que nos preguntemos de maneras situadas qué implica abrir el código de nuestras prácticas y también cuáles son los límites para hacer esa apertura posible.

De un modo tal vez inesperado, como en ese baile que vuelve a ciertos movimientos, aquellas jornadas nos devolvían conversaciones iniciadas en el primer laboratorio con Aimar y Binna, en el que discutíamos sobre formas de auto-organización y cómo descolonizar estructuras, del comisariado como gesto de acompañar a los que no están, de ideas que no se sabe cuándo empiezan ni si acaban, de tiempo, de jardines que dejan lugar a lo que pueda crecer por sí mismo. Y la intervención en esas jornadas de un huésped generoso e inesperado, el chamán Isaías Muñoz, que nos habló de plantas curativas y del silencio. El silencio en el que la espiritualidad puede hablar.

Si bien en estas cartas hemos convocado a nuestras invitadas al grupo para contextualizar sus aportes al programa, fueron por supuesto las propias participantes de «Conversación abierta» las que dieron forma, consistencia y temperatura a nuestra experiencia. Un proceso modelado por los deseos, afectos y acentos de Sonia, Catalina, Irene, Carmen, Sofía, Juan, Lucía(s), Vera, Esther, Verónica, Betina, Ana, Fran, Ignacio, Carlos y Nerea.

Intuyo que la manera en que enfrentamos el reto de acompañar un proceso de aprendizaje colectivo como el de «Conversación abierta» tiene mucho que ver con el modo en que entendemos el comisariado. Hay algo que definitivamente pasa por la escucha, por dejarse afectar por otrxs, por acompañar su baile. Recuerdo un debate más o menos tenso en el grupo en torno a las opciones de tener una guía más dirigida o bien un recorrido más abierto y modelado colectivamente. Creo que nuestra apuesta por esta segunda opción nos situaba en un lugar de mayor fragilidad, pero al mismo tiempo más estimulante para ese hacer/pensar con otros que continúa en movimiento de muchas maneras, incluyendo esta publicación.

 

[Tamara Díaz Bringas y Soledad Gutiérrez, “Cartas desde/hacia un aprendizaje colectivo”, en ¿Qué escuchaste?, publicación del grupo de investigación en torno al comisariado Conversación abierta 2018, Comunidad de Madrid, 2019, pp. 7-12]

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