textos errantes

blog, gabinete, cajón de costura de Tamara Díaz Bringas con escritos y conversaciones de aquí y de aquí

La cuenta de lavandería

Dibujo realizado por Antonio Gagliano, a partir de una página suelta en la Biblioteca Pepe Espaliú

Dibujo realizado por Antonio Gagliano, a partir de una página suelta en la Biblioteca Pepe Espaliú

“Mas supongamos que tuviéramos que ver con un autor: ¿todo lo que escribió o dijo, todo lo que dejó tras él forma parte de su obra? Problema a la vez teórico y técnico. Cuando se emprende la publicación de las obras de Nietzsche, por ejemplo, ¿en dónde hay que detenerse? Hay que publicar todo, ciertamente, pero ¿qué quiere decir este “todo”? ¿Todo lo que el propio Nietzsche publicó?, de acuerdo. ¿Los borradores de sus obras? Ciertamente. ¿Los proyectos de aforismos? sí. ¿También los tachones, las notas al pie de los cuadernos? sí. Pero cuando en el interior de un cuaderno lleno de aforismos se encuentra una referencia, la indicación de una cita o de una dirección, una cuenta de la lavandería: ¿obra o no obra? ¿Y por qué no?” (M. Foucault: ¿Qué es un autor?)

¿Y por qué no?

Esta pregunta tiene que ver también con el archivo, con sus delimitaciones, continuidades, con sus exclusiones, con su exterioridad. “¿Dónde comienza el afuera?”, es la interpelación a la que Derrida responderá: “Esta cuestión es la cuestión del archivo”. El proyecto free mimesis elige entrar a la biblioteca Espaliú por esa “cuenta de lavandería”. ¿Pero de qué modo interrogar esos materiales? Figuritas recortadas, tarjetas, sellos, páginas de una agenda, la dirección de un sex-shop en Barcelona, una lista de textos sobre el tema del doble, una fe de erratas con las iniciales PE y MV, recortes de prensa, un esquema para la salvación, Lacan, Foucault, Marx, Engels, Lenin, Lenin, Lenin. ¿Cómo leer todo eso? ¿Cuáles podrían ser las condiciones de legibilidad de ese fondo “residual” de la biblioteca? De entrada, el único principio de continuidad de esos materiales sería el mismo Espaliú: el lugar de esas cosas entre sus libros.

Uno de los desafíos que supone entonces el trato con esos materiales sería cómo eludir una lectura o edición en clave autorial, que se acomode a los dispositivos mistificadores del nombre de autor. ¿Cómo resistir la tensión casi voyerista hacia esos textos más privados, caprichosos, casi secretos? Reconozco, por ejemplo, mi frustración inicial por la X que falta en un boletín de suscripción al “tema de su interés”: adivinación, astrología, alquimia, brujería, mentalismo, orientalismo, sufismo, reencarnación. ¿Qué habría marcado Espaliú? ¿Le interesaba uno de esos temas? ¿Todos? ¿Ninguno? Espaliú no contesta. Y su silencio me enfrenta a mi propio deseo: hago un guiño a mi pequeña colección de papelitos de “maestros africanos”. No sé porqué los conservo, pero entre los tantos que diariamente acepto en la calle, son los únicos que sobreviven a la siguiente papelera, para ir a parar a las páginas de un insólito Manual de instrucciones realizado por el artista Jhafis Quintero.

Pero, en fin, la interpelación al proyecto free mimesis y a Marginalia es una que me hago a menudo en el trabajo con archivos de artista: cómo narrar desde ese lugar otras historias que no supongan una centralidad del “autor” y la “obra”, sino más bien un campo donde se cruzan muchas fuerzas. Después de todo, como nos enseña el mismo Foucault, el autor (o la función autor) ha jugado el rol de regulador de la ficción, como esa “figura ideológica gracias a la cual se conjura la producción del sentido”. Y, de algún modo, la consideración de Foucault sobre ese momento de fines del XVIII en que se instauraba el régimen de propiedad para los textos al mismo tiempo que la posibilidad de transgresión de la escritura se hizo un imperativo propio de la literatura, me ayuda a pensar también algunas condiciones y límites de free mimesis.

Antonio Gagliano ensaya un prototipo experimental para liberar y poner en circulación materiales “bloqueados” en archivos. La copia manual de los materiales, que hasta el momento ha probado su eficacia en la circulación de Pornotopía, necesita poner a prueba su blindaje jurídico en otros contextos, en la contingencia de distintos archivos y siempre nuevos obstáculos. Sin embargo, los primeros sondeos con abogados nos devuelven las herramientas que ya sabíamos: el territorio del arte, la huella del artista, la “recreación”, la transformación “creativa” del docume nto. Así, el supuesto territorio de libertad que se le concede al arte recorta puntualmente los límites de la transgresión. Pero free mimesis busca una herramienta, un medio de acceso a documentos bloqueados: ¿Cómo intervenir en el proceso de devenir público del archivo? Esta es la pregunta que me hago también en trabajos con archivos como el de Fina Miralles. Antonio la formula, en parte, en términos jurídicos: ¿en qué fisuras legales aun podemos operar para hacer público el archivo? Pero de algún modo nos permite interrogar también el archivo mismo: ¿cómo podemos “liberar” esos materiales de la “violencia archivadora”? ¿De qué modo producir otras concatenaciones, abrir el archivo a conexiones inesperadas, a nuevos engranajes, deseos, a otras ficciones políticas?

Me pregunto si el “desbloqueo” de documentos no tendría lugar ya en el proceso de copiado. La máquina duplicadora de Antonio tal vez no logre escapar el aparato de control legal sobre documentos y archivos, pero resiste mejor la aceleración de la experiencia, el olvido por prisa, por falta de tiempo. Imagino la lentitud como un modo productivo de relación con el archivo. Y free mimesis me concede la paciencia de reproducir cada documento, como Benjamin copiando a mano tantos fragmentos, como un Pierre Menard escribiendo palabra por palabra y letra por letra los capítulos del Quijote, sólo que el simbolista de Nymes ha devenido activista del bien común. Por eso imagina como horizonte la dimensión colectiva y casi viral de una práctica que no se pueda fijar, que sea activada por una comunidad de usuarios, que pueda sortear los insistentes límites a través de la mutación constante.

Otro archivo, ya lo sabemos, sería otra narración. Free mimesis podría ser una contestación al método de “análisis mimético” que desarrolla Fernando Bryce: un proceso de copiado a tinta china de imágenes de archivos, que incluye un momento importante de ampliación y reducción de las imágenes en la fotocopiadora. Sin embargo, elijo esta imagen porque en ella se cruzan varias fuerzas. Mi relación con los materiales de la biblioteca Pepe Espaliú (o con sus márgenes) está necesariamente mediada por los proyectos de Aimar y Antonio; y por afectos. Por eso me acerco a la página de un anuncio de la nueva fotocopiadora Xerox 1045 a través de free mimesis, para interpelar una herramienta que quiere “adaptarse a cualquier necesidad”. O como se presenta la compañía Xerox en un eslogan que bien señalar a free mimesis: un “servicio de documentos”. Es curioso: el inventor de la xerografía, un tal Chester Carlson, se dio cuenta de la necesidad de hacer copias mientras trabajaba como asistente de un abogado de patentes. Es en una oficina de gestión de derechos de propiedad intelectual donde aparece la idea de esta máquina que produce copias.

Pero leo también la imagen de la Xerox en el contexto de una investigación en torno a políticas del sida. Me conecta entonces con las prácticas de apropiación de la publicidad en estrategias de contestación y resistencia a la norma, así como en el rol de los medios de reproducción -la serigrafía, la fotocopia- en los activismos contra el sida, como en el ejemplo de las imágenes de ACT UP diseminadas en espacios públicos. Sin embargo, la publicidad me hace pensar también en la invención del sida por los medios de comunicación. Está claro que esta imagen del fondo Espaliú pertenece a un anuncio, pero la página está suelta, desprendida de toda referencia. Rastreo en internet el lanzamiento de la Xerox 1045. En una página de deportes del diario ABC Sevilla la encuentro: es 22 de noviembre de 1983. En ese año se identificó el agente que causa el virus. También entonces -leo en otra genealogía-, y a partir de la infección de dos mujeres cuyas parejas eran portadores del VIH, se reconoce que el sida puede ser contraído por heterosexuales. Imagino una contestación a la construcción en esos años del sida como “peste rosa”, como pandemia que afecta a homosexuales, hemofílicos, haitianos, drogadictos, prostitutas. Y resuena: “Hay que saber reconocer los propios fallos”.

[Tamara Díaz Bringas, texto compartido en Arteleku, el 16 de marzo de 2013, en una conversación con Antonio Gagliano sobre su proyecto free mimesis, realizado en el contexto de Marginalia, un laboratorio de reactivación crítica de la Biblioteca Pepe Espaliú, a cargo de Aimar Arriola]

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Esta entrada fue publicada en marzo 16, 2013 por y etiquetada con , , , .
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